Pocha Fidalgo de Andruetto: un amor de carnaval, el sabor del esfuerzo y una familia como tesoro

martes 5 mayo 2026

La voz de Pocha, cálida y plena de matices, nos transporta ahora a los vibrantes colores de un carnaval en San Jorge. Sus ojos brillan al recordar aquel encuentro fortuito, casi mágico, que sellaría su destino. «La verdad que nos conocimos en un baile de carnaval en San Jorge», confiesa, y la imagen de un joven Enzo Miguel Andruetto aparece nítida en su memoria: «Vino en una bicicleta bajita, con una camiseta de tiras y un pantaloncito». Un flechazo inocente, propiciado por la complicidad de sus primas Bottalo, con raíces en esta misma tierra de El Trébol.

El destino, caprichoso y certero, quiso que esa noche de música y alegría fuera el preludio de una vida juntos. Enzo, carpintero de vocación temprana, curtido en el trabajo desde niño, supo ganarse no solo el corazón de Pocha, sino también su admiración por su espíritu emprendedor. «Él empezó desde muy chico a trabajar y después siguió con la carpintería. Y ahí aprendió, y ahí siguió, y ahí hizo su propia carpintería», relata Pocha con orgullo.

Los primeros años de matrimonio transcurrieron en San Jorge, pero el llamado de El Trébol, quizás un eco de las raíces familiares, los trajo de vuelta. Aquí, la pareja no dudó en apostar por un nuevo sueño: «Pusieron una fábrica de soda y venta de bebidas ‘Andruetto, Fidalgo y Fraire fábrica de aguas gaseosas y bebidas sin alcohol’». La empresa floreció, endulzando la vida de los vecinos y demandando cada vez más tiempo a Enzo, aunque sin abandonar del todo su amada carpintería.

A su lado, Oscar Fidalgo, su hermano y cómplice, rememora con cariño aquellos años de efervescente trabajo en la sodería. «Repartí soda y alguien me dijo, ¿por qué no se dedican al por mayor? Y bueno, ahí empezamos… llegamos a elevar mucho la cantidad que traíamos». Su voz denota asombro al recordar las cifras: «3.000 cajones de cerveza, 3.000 de Americano Gancia, 3 vagones de sal… ya teníamos dos camiones para el reparto. Un camioncito amarillo muy conocido». Una época de esfuerzo compartido, de desafíos superados y de un crecimiento que dejó una huella imborrable en la comunidad.

Pero la mayor riqueza de Pocha se revela al hablar de sus hijos. Su rostro se ilumina al enumerarlos, cada nombre una melodía en su corazón: «Marisa, Adriana, José Luis – para la alegría de mis viejos llegó el varón –, luego nació David, Roxana y Georgina«. Y la alegría se desborda al añadir: «Y nietos tengo una colección». Una familia numerosa, un legado de amor y vida que la llena de orgullo.

Tras la aventura de la sodería, la inquietud emprendedora de la familia los llevó al rubro del almacén por mayor, aunque Pocha, con una sonrisa pícara, recuerda aquel intento con un elocuente «y ahí nos fundimos». Su espíritu resiliente y el de su esposo los impulsaron a seguir adelante. Oscar también incursionó como transportista, llevando muebles para la firma Arcando, y abrazó el peronismo, vislumbrando en Perón y Evita la promesa de un futuro mejor para el país.

La calidez de Pocha se desborda al final de la entrevista. Su agradecimiento sincero a Jorge Meynet se sella con un beso afectuoso, un gesto que resume la esencia de una mujer que ha vivido intensamente, atesorando cada recuerdo, cada esfuerzo y, sobre todo, el amor incondicional de su familia en el corazón de su querido El Trébol. Su historia, como un buen vino, se añeja con gracia, dejando un sabor dulce y profundo en quienes tienen el privilegio de escucharla.