6 de mayo de 1978: el sueño de la casa propia del Club Dadores Voluntarios de Sangre hecho realidad

martes 5 mayo 2026

En el Club Dadores Voluntarios de Sangre, la fecha del 6 de mayo de 1978 quedó grabada a fuego como un hito imborrable, el día en que un sueño largamente acariciado se materializó: la inauguración de la casa propia de una institución nacida del altruismo y la visión compartida. Aquel día, las paredes que se habían levantado con esfuerzo y la generosidad de muchos se convirtieron en el hogar definitivo de un proyecto que trascendía lo material, un espacio dedicado a salvar vidas y tejer lazos de solidaridad.

Recordemos las palabras de Enzo Trossero y Luis Boasso en aquella entrevista de 1996 con Jorge Meynet. Nos transportaban a los humildes comienzos de la institución, nacida en 1966 al calor de la Parroquia San Lorenzo Mártir y el impulso del Club de Leones. Inicialmente enfocada en la donación de sangre, la visión pronto se expandió, abrazando la dimensión social como un pilar fundamental.

Como toda familia que crece, la necesidad de un hogar propio se hizo sentir. La generosidad inicial de la parroquia, que brindó cobijo durante los primeros años, sembró la semilla de un anhelo mayor: un espacio construido con sus propias manos. La cesión del terreno por parte de la parroquia marcó el inicio de un nuevo capítulo, la materialización de un sueño ladrillo a ladrillo.

Sin embargo, el camino hacia la casa propia no estuvo exento de obstáculos. Llegó un momento crucial en que los recursos escasearon, justo cuando las paredes comenzaban a alzarse. Fue entonces cuando la comunidad demostró su profundo compromiso. El recordado Enzo Gallo, desde una emisora local, se convirtió en la voz de un «llamado para una vida», una convocatoria a la solidaridad que resonó en cada rincón. La respuesta fue un torrente de apoyo, fondos y materiales que permitieron culminar la obra.

Aquel 6 de mayo de 1978, la inauguración de la casa propia no fue solo la apertura de un edificio, sino la celebración de un triunfo colectivo, la materialización de la fe en la generosidad humana. Las paredes que se alzaban orgullosas eran mucho más que ladrillos y cemento; eran el símbolo tangible de un legado de amor y solidaridad, un espacio donde la ayuda mutua se convertiría en la savia de su existencia.

Hoy, al recordar aquel día trascendental, honramos la visión de sus fundadores, la perseverancia de quienes hicieron posible este sueño y la generosidad de una comunidad que abrió su corazón para construir un futuro de esperanza. La casa propia, inaugurada aquel 6 de mayo de 1978, sigue siendo un faro de solidaridad, un testimonio vivo del poder de la unión y el espíritu altruista que perdura en el tiempo.