La tragedia dentro de la tragedia: la increíble historia de Evard Salamano en el terremoto de Valdivia de 1960

martes 5 mayo 2026

En el inmenso dolor que siguió al terremoto más potente registrado en la historia, el 22 de mayo de 1960 en Chile, una historia de heroísmo, resiliencia y un giro trágico se desplegó en paralelo. Mientras el mundo se movilizaba para ayudar a las más de 2 millones de personas damnificadas, el pueblo de El Trébol, en Santa Fe, no fue la excepción. Entre los enviados, destacaba el suboficial mayor Evard Salamano, miembro de la tripulacion de  helicópteros cuya misión de auxilio se convertiría en una odisea de supervivencia en medio de la Cordillera de los Andes.

El terremoto de Valdivia, con una magnitud de 9,5, desató una fuerza equivalente a 20.000 bombas de Hiroshima, sacudiendo casi la mitad de la costa chilena y provocando un tsunami devastador. Más de 1.600 vidas se perdieron, 3.000 resultaron heridas y vastas extensiones del sur del país quedaron en ruinas. Ante esta catástrofe, la solidaridad internacional no se hizo esperar, y Argentina, a través de su Fuerza Aérea, envió recursos vitales.

Evard Salamano, quien había aprendido a volar helicópteros en José C. Paz, Buenos Aires, era un hombre de innumerables misiones humanitarias. Desde las sudestadas en Buenos Aires hasta las inundaciones en Uruguay y el combate contra las plagas de langostas en el norte argentino, Salamano y su helicóptero XXE siempre estuvieron al servicio de la comunidad. «Éramos útiles en la comunidad», recordaba en una entrevista de 1993, haciendo hincapié en el espíritu de servicio que guiaba su trabajo.

La peligrosa travesía hacia el epicentro

Cuando la noticia del terremoto en Chile llegó el 22 de mayo de 1960, Salamano, de guardia, supo que su experiencia sería vital. El 23 o 24 de mayo, partió con un helicóptero experimental con destino al sur de Chile. El viaje, que se extendía por casi 900 kilómetros, los llevó primero a Bahía Blanca y luego hacia Bariloche. Sin embargo, la ruta se tornaría una prueba de fuego para la tripulación.

Guiados por el río Limay en ausencia de mejores instrumentos de orientación, se adentraron en una nube que resultó no ser de vapor, sino de ceniza volcánica. Perdidos en la inmensidad cordillerana, el helicóptero se vio obligado a un aterrizaje de emergencia. Pero la rueda de nariz del helicóptero cedió en un pozo, provocando que las palas vibraran y dañaran la cola. La fortuna, a veces caprichosa, les permitió encontrar a unos arrieros que pastoreaban ovejas, quienes les indicaron el camino a Confluencia Traful.

Tras 22 días de espera en la montaña mientras el helicóptero era reparado, Salamano y su equipo regresaron a Buenos Aires. La misión, sin embargo, no había terminado. Había que relevar a las tripulaciones que ya estaban en Chile. De vuelta en Bariloche, la nieve era un obstáculo, pero la determinación del equipo era mayor. El cruce del Tronador y el Catedral  fue, en sus propias palabras, «espeluznante». Finalmente, con el aire acondicionado roto y aterrizando en una pista anegada, lograron llegar a Valdivia.

Héroes en el aire: el socorro en valdivia

En Valdivia, la situación era crítica. Una montaña se había derrumbado por el terremoto, bloqueando el desagüe de un lago cercano, que crecía inexorablemente amenazando con desbordarse. La tripulación  aterrizó en una cúpula montañosa que servía de improvisado aeropuerto de pista corta, desde donde pudieron desplegar su ayuda.

Durante 10 u 11 días, fueron los helicópteros argentinos los únicos que volaban en la zona, convirtiéndose en el nexo vital para la gente refugiada en los cerros. Transportaron alimentos, ropa, medicamentos, velas y grasa, y evacuaron a los heridos. «Hemos cumplido con nuestra obligación y hemos sido útiles…», afirmaba Salamano, con la satisfacción de haber sido parte de una misión de tal magnitud.

La caída en la cordillera

El 8 de agosto, con la situación en Chile comenzando a normalizarse, Salamano y su tripulación se prepararon para regresar, con el deseo de llegar a El Trébol el 10 de agosto para las fiestas del pueblo y la boda de su hermano. Tras cargar combustible en Puerto Montt, pernoctaron en un «fundo» (estancia) chileno antes de intentar cruzar la cordillera al amanecer.

Mientras el helicóptero  comandado por el comodoro Marisco, y otro helicóptero detrás, con el capitán Gavás, intentaban ganar altura para cruzar la parte más alta de la montaña, una «térmica descendente» los atrapó. Fue como un «chorro de aire hacia abajo» que los empujó sin piedad. El helicóptero, experimental y con una velocidad crucero limitada, perdió potencia y, sin control, se estrelló contra los árboles.

Las consecuencias del impacto fueron devastadoras. La tripulación, que venía desatada, distraída con mate y fotografías, sufrió el golpe de lleno. Las palas del helicóptero se frenaron. Salamano sufrió una fractura de columna y en sus piernas, quedando inmovilizado. Afortunadamente, el otro helicóptero, aunque también accidentado, tuvo mejor suerte. Sus palas de madera, a diferencia de las de metal, ofrecieron menos resistencia, lo que permitió que la cabina cayera con menos fuerza. Sin embargo, los tripulantes sufrieron heridas de consideración. El capitán Velasco, encargado de la informática, resultó ileso.

La tripulación del segundo helicóptero, tras buscar ayuda, logró encontrar un camino de cordillera y alcanzar un refugio con una radio a dinamo, desde donde pidieron auxilio. Las patrullas de rescate llegaron a tiempo, evitando un desenlace fatal para los accidentados.

El suboficial mayor Evard Salamano,  de El Trébol, sufrió múltiples fracturas, incluyendo graves lesiones en sus piernas y columna. Tras una larga convalecencia en el Hospital de la Aeronáutica en Buenos Aires, fue trasladado a Estados Unidos, donde pasó años en tratamiento y rehabilitación. Aunque su vida fue salvada, el accidente le arrebató la posibilidad de volver a volar. La «tragedia dentro de la tragedia» no solo dejó una marca imborrable en su cuerpo, sino que también puso fin a una carrera dedicada a ser «útil a la comunidad» desde los cielos.