Veintitrés años de magia en la Plaza San Martín: La historia de Susana y Raphael, guardianes de la calesita del Club de Leones

martes 5 mayo 2026

En un emotivo encuentro con Jorge Meynet en su hogar, Susana Mariscotti y Raphael José Combina, quien recientemente celebró sus 80 años, abrieron el cofre de los recuerdos para compartir una entrañable etapa de sus vidas: los 23 años que tuvieron a su cargo la calesita del Club de Leones en la Plaza San Martín.

La pareja, que lleva 46 años juntos desde que se conocieron en un baile en Carlos Pellegrini, ha construido una vida en El Trébol. Susana, aunque nacida en la localidad, vivió su infancia en Carlos Pellegrini. Raphael, por su parte, es oriundo del «Barrio Las Ranas» de El Trébol, un lugar que recuerda con cariño, antes de trasladarse donde reside actualmente con su esposa y donde criaron a sus dos hijos, Gabriel y Noelia.

Un encuentro que cambió su rutina y llenó de alegría la plaza

Fue en 1992 cuando la calesita, inaugurada en agosto de 1979 por el Club de Leones durante las fiestas patronales y atendida inicialmente por los socios, encontró a sus nuevos cuidadores. Butarelli, compañero de trabajo de Combina en el Banco Nación y miembro del Club de Leones, les ofreció la oportunidad.

«Me la dieron a porcentaje, primero me ofrecieron el 50% y después el 60%, cada vuelta por aquel entonces salía 50 centavos», rememoró Raphael. Así comenzó una aventura que duraría más de dos décadas.

«Trabajábamos toda la familia, mis hijos debían tener entre 9 y 10 años, para ellos era un juego, estuvimos 23 años», contó Susana con una sonrisa. Incluso cuando sus hijos crecieron, continuaron ayudando, consolidando un verdadero emprendimiento familiar que se extendió hasta el año 2015. Con el tiempo, la calesita sumó un kiosco y autitos a batería para hacer el negocio más rentable.

Anécdotas de un trabajo lleno de sonrisas y desafíos

Las historias de la calesita abundan en los cuadernos de Raphael, donde cada momento y situación están meticulosamente registrados. Con nostalgia, recordaron la emoción de los niños al intentar sacar la sortija: «Por ahí te rasguñaban la mano de tanto querer sacarla». También las preferencias singulares, como la de dos pequeños que solo querían subir a los «caballitos negros», y si no, «lloraban».

No faltaron los desafíos, como la vez que rompieron la lona de la calesita o la ocasión en que una madre dejó a su hijo por más de media hora. Incluso, un día la calesita no pudo abrir porque las ramas del palo borracho cayeron sobre ella. «Era mucho trabajo, todos los fines de semana y mucha responsabilidad, le hacía todo el mantenimiento», afirmó Raphael, evidenciando el compromiso detrás de cada giro de la calesita, sin olvidar el insólito robo de la llave de la sortija.

Al decidir dejar la calesita después de tantos años, la transición no fue fácil. «Extrañábamos al principio, pero nos fuimos acostumbrando», dijo Susana, mientras Raphael añadió con un tono de añoranza: «Nos faltaba algo».

La calesita de la Plaza San Martín no solo fue un negocio para Susana y Raphael, sino un escenario de innumerables alegrías y recuerdos, forjando un lazo imborrable con la infancia de generaciones de trebolenses. Su dedicación es un testimonio de cómo un simple juego puede convertirse en una parte fundamental del corazón de una comunidad.