Con la calidez de sus 91 años recién cumplidos (camino a los 92 en este abril que la vio nacer), Isabel Fidalgo de Andruetto, cariñosamente conocida por todos como Pocha, abrió las puertas de su memoria en un diálogo entrañable con Jorge Meynet. Sus palabras nos transportaron a un El Trébol de antaño, donde la vida transcurría al ritmo de los sueños inmigrantes.
«Nací el 30 de abril de 1933, frente a la plaza San Martín. En esa casa nacimos mis dos hermanos y yo. La q levantó mi papá con tanto esfuerzo y que todavía está en pie», relató Pocha con una sonrisa nostálgica. Aquella casa no solo fue su hogar, sino también el epicentro de los primeros esfuerzos familiares: un pequeño almacén de verduras donde la infancia se nutrió de sacrificio y unión. «Mi papá, Manuel Fidalgo, era español, de Orense. Vino escapándose de una guerra… Llegó a Argentina, primero a Buenos Aires y luego a El Trébol».
Junto a Pocha, su hermano Oscar Fidalgo, nacido el 19 de marzo de 1938, también compartió recuerdos vívidos de aquella época. La plaza San Martín, epicentro de sus vidas, era un lugar singular, marcado por la influencia española. Oscar evocó la figura de Don García de la Vega, el cura que «levantó un gran templo» con un ingeniero que también dejó su huella en otras iglesias de la región. «Esta iglesia tendría que tener tres torres, pero no se llegó a concluir… La de Córdoba dicen que es un espectáculo».
La impronta española se extendía más allá de la iglesia. «La Sociedad Española de Socorro Mutuos hicieron ese salón Cervantes, que era hermoso y es hermoso todavía», recordó Pocha con orgullo. Su padre tuvo un rol activo en este espacio cultural, recibiendo las entradas y siendo parte de la construcción, uniendo a los primeros inmigrantes en un proyecto común.
La plaza en los años 40 era un mundo simple y a la vez fascinante para los niños. «Estaba toda rodeada de alambre y postes «, describió Pocha. Oscar añadió detalles sobre la retreta, el lugar donde los músicos alegraban los domingos, y el «kiosco» central rodeado de caminos diagonales y palmeras con «coquitos», aquellos frutos que tanto atraían a los pequeños, a veces con alguna reprimenda policial de por medio.
Más allá de los juegos y las travesuras, la infancia de Pocha estuvo marcada por un profundo sentido de comunidad. Con apenas 12 años, junto a su amiga, asumió la tarea de dar catecismo a los niños del barrio en la parroquia. «Lo hicimos humildemente, con lo que sabíamos… Estuve de catequista hasta que me casé. Feliz de haber pasado ese tiempo, porque muchos de esos muchachos a veces me saludan ahora». Recordó con una sonrisa la transición del más severo Padre García de la Vega al más cercano Padre Tibalto.
Oscar, por su parte, trajo a la memoria los años 60, con el almacén y la sodería familiar, un nuevo capítulo en la historia de los Fidalgo en El Trébol.
La emoción embargó las palabras de ambos al recordar a su madre y los momentos familiares más íntimos, un capítulo que prometieron compartir en una próxima entrega.
La charla con Pocha y Oscar fue un viaje conmovedor al corazón de El Trébol, una ventana a una época donde los lazos comunitarios se forjaban en la plaza, en el esfuerzo compartido y en la transmisión de valores de generación en generación. Sus recuerdos son un tesoro invaluable para la historia local, un testimonio vivo de la tenacidad y el espíritu de aquellos que construyeron la ciudad que hoy conocemos. Escuchar sus voces es conectar con las raíces mismas de El Trébol, una experiencia que nos invita a valorar el pasado y a honrar la memoria de quienes nos precedieron.









