Un tributo emotivo al recuerdo de Richard Brain, un joven que encontró su trágico destino en el circuito de Galvez un fatídico 15 de agosto de 1976. Aquel día, el rugido de los motores se silenció para dar paso a un profundo luto en la categoría Limitada 28.
El accidente, en el que Richard se elevó varios metros tras impactar con un rezagado, dejó una herida imborrable. Como recordaba su mecánico, Robin Marconetto, en un homenaje póstumo, «voló como 5 o 6 metros siendo despedido de la máquina».
Un legado familiar y de pasión por la velocidad
El relato de su otro mecánico, Oscar Allegranza, pinta un retrato de Richard y su hermano Michael: dos almas gemelas, temperamentales y unidas por una pasión innata por la velocidad. Desde sus días de juventud, las carreras entre su Chevrolet y su Ford en los caminos rurales auguraban una vida dedicada al automovilismo. A pesar del dolor, esa pasión se heredó y se fortaleció.
El dolor de una madre y la fuerza de un campeonato
La voz de Margarita de Brain, madre de Richard, resonó con la mezcla de alegría y temor que solo una madre puede sentir. «Cuando corrían ellos, tenía una alegría grande», confesó, aunqueacompañada de un «siempre miedo» que, lamentablemente, se materializó. Su dolor inmenso se enfrentó a un dilema: el retiro de Michael tras la muerte de su hermano.
Sin embargo, en un acto de valentía y un profundo sentido del deber, Margarita animó a Michael a terminar el campeonato. Y así fue. Contra todo pronóstico y con el peso de la pérdida sobre sus hombros, Michael ganó las seis carreras restantes, coronándose campeón por tercera vez. Un final agridulce que demostró que el espíritu de Richard seguía vivo en cada victoria.
Un recuerdo imborrable
Aquel accidente dejó una marca, un luto que unió a la categoría y a toda la comunidad. La multitud que asistió al velorio de Richard es un testimonio del cariño y respeto que se había ganado. Allegranza lo resume: «Creo que eso mostraba un poco lo que era Richard dentro de la categoría y lo que era la hermandad dentro de la categoría».
Hoy, tanto sus mecánicos, Robin Marconetto y Oscar Allegranza, como su madre, Margarita, ya no están para recordarnos en persona a Richard. No obstante, sus palabras perduran, manteniendo viva la memoria de un gran muchacho, un piloto talentoso y, sobre todo, un ser humano querido que dejó un legado de pasión, resiliencia y hermandad.









