El 17 de abril de 2011, en el Panteón de la Memoria del Cementerio Municipal de Santa Fe recibieron sepultura los restos de Carlos Alberto Bosso y María Isabel Salinas, secuestrados, asesinados y desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar y hallados y recuperados en 2010 en un campo de maniobras del Ejército cercano a la ciudad de Laguna Paiva.
Ruben Adalberto Pron, «Chacho», presente en el acto, escribió la crónica que publicamos a continuación:
Domingo 14 de abril de 2011
La media mañana de otoño se presentaba húmeda y pegajosa, no muy fría, como no podía ser de otra manera en la capital santafesina. El cielo estaba encapotado, pero no llovería.
Frente al Panteón de la Memoria, sombreado por un ficus frondoso que parecía emerger del sepulcro mismo, el bafle de un equipo de sonido dejaba oír, bajito, la cadencia de una guitarra que interpretaba una milonga de Atahualpa Yupanqui, y la música fluía por entre un entorno de nichos viejos y sepulturas en tierra.
Esperábamos. La espera –ésta en particular– había durado más de treinta años.
Como a cincuenta metros, por una vereda angosto, se empezaba a ver una columna de gente que se aproximaba a paso lento, y desde la capilla del cementerio, situada a la derecha del portal de acceso, llegaban ráfagas de la voz de un sacerdote que oficiaba la misa del Domingo de Ramos. Era el domingo previo al Pésaj de los judíos y la Pascua de Resurrección de los cristianos, que este año coincidieron en el calendario. La primera festividad evoca la liberación del pueblo hebreo, conducido por Moisés, del cautiverio en Egipto; la segunda, la entrada de Jesús a Jerusalén para que se cumpla en él el sacrificio con que la humanidad sería reconciliada con el Padre.
Unos momentos antes, en la puerta de la necrópolis, Liliana Salinas había dicho, señalando hacia los puestos de flores alineados a lo largo de la vereda: «Allí trabajaba mi mamá». Se refería a la madre que nunca pudo enterarse de dónde estaba su hija María Isabel, arrebatada en Rosario por la mano oscura de la dictadura en 1977 junto a su marido, Carlos Bosso, y la hijita de ambos, Mariana, porque murió dos meses antes de que los restos de Carlitos y Mary fueran hallados en una fosa clandestina en el campo militar San Pedro junto a los de otras seis víctimas del terrorismo de Estado.
Liliana llevaba en sus manos la urna con los restos restituidos de su hermana. Mariana, detrás de ella, los de su papá.
Cuando la columna llegó al Panteón de la Memoria las urnas fueron colocadas sobre la cubierta de mármol, a espaldas de las Madres con pañuelo blanco que asistieron a la ceremonia, mientras amigos, familiares y compañeros de Carlitos y Mary se aprestaban a recordarlos.
El Sapo Bustos los recordó desde adentro de aquel pasado compartido y Silvia –de la que quien conducía la ceremonia consideró ocioso mencionar el apellido– leyó entonces una poesía de Mario Benedetti, escogida para la ocasión.
Mariana, aquella beba secuestrada con sus padres y devuelta subrepticiamente a su tío Horacio y sus abuelos Tito y Elena con la impunidad y el ocultamiento de los que acostumbraban a cazar en las sombras y asesinar amparados en los pliegues de un Estado copado por la dictadura, dijo las palabras finales.
«Cada uno –apuntó– desea que sus hijos hagan lo necesario para que se cumplan los sueños de nuestros padres en procura de un mundo mejor. Que ése sea nuestro compromiso».
Pareció que con eso ya no hacía falta más. Pero Betty Chialvo, prima de Carlitos, con quien se había criado calle de por medio en El Trébol, recitó repitiendo un texto alguna vez leído: «Yo no estoy aquí. Yo estoy en las hojas que viajan con el viento. Estoy en los jardines llenos de flores, en la inmensidad de los mares, en el verde de los campos, en los corazones de mis familiares y amigos».
Dos muchachos –uno de ellos Miguel Nievas, del Equipo Argentino de Antropología Forense que había descubierto y excavado la fosa común donde, entre otros, estaban los cuerpos de Carlitos y Mary– corrieron la tapa de la bóveda del panteón y las urnas con los restos fueron depositadas en su interior.
Un silencio pesado aplacó los murmullos y descendió sobre el lugar permitiendo que volviera a sobresalir en primer plano la música, que creo recordar era la de «Los ejes de mi carreta». Y no era ésa tendría que haberlo sido porque el chirrido de los tornillos con que era asegurada la lápida fue como el de las ruedas sin engrasar que menciona esa canción.
Luego, a paso lento, en pequeños grupos, gente que no se había conocido antes y que tal vez nunca se volvería a ver, fue abandonando el lugar. La había reunido un frágil vínculo de momento, cimentado en el nudo, ese sí fuerte y perdurable, que individualmente cada uno de los asistentes había tenido con Carlitos y Mary.
Ellos –sus despojos–, quedaron allí, bajo el mármol gris y rojo y a la sombra del ficus, juntos, como juntos habían vivido, amado y luchado. Tan juntos que ni la muerte había podido separarlos. Juntos como en el silencio de la fosa en el monte que había guardado sus cuerpos por más de treinta años. Apretados sus huesos por esa tierra a la que habían dado todo. Bajo ese cielo abierto del campo argentino, donde el aire es limpio, donde cantan los pájaros, donde los hombres y mujeres de la patria siguen soñando y peleando cada día, como lo hicieron ellos, por un mañana mejor para todos.









