Abel Alberto (Páchula) Bordigoni nació en El Trébol el 29 de enero de 1950 y se crio gateando en el escenario del Teatro Cervantes, por aquel entonces Salón de Club Atlético Trebolense.
Su padre Aldo César Bordigoni codirigía con Pedro Aguilera el Cuadro Filodramático. Abel y su hermano Aldo incorporaban el teatro como una actividad cotidiana.
El drama, la comedia, el teatro costumbrista se metieron en su sangre mientras los integrantes del elenco ensayaban sus papeles, las vestuaristas preparaban los atuendos adecuados a cada obra, los directores discutían la escenografía, los apuntadores repasaban el guion a poner en escena y el decorador del elenco pintaba los telones que darían marco a cada cuadro.
Heredero de esas vivencias, Abel no pudo ser otra cosa que actor. Mientras su hermano acudía a la universidad, convocado por la vocación médica, Páchula fue empleado bancario, hizo publicidad ambulante y desarrolló otras actividades que le permitieron sostener una familia sin dejar de ejercer su pasión, a la que dedicó estudio, capacitación y perfeccionamiento mientras desarrollaba su impronta en memorables y sorpresivas apariciones como aquella en la que ingresó, bamboleándose, en una “reunión danzante” como se llamaba a los bailes de la época y se desplomó de bruces en medio de la pista con un tremendo cuchillo de carnicero clavado en la espalda.
Cuando se levantó, burlándose de los azorados circunstantes, mostró el pan que había fijado en su espalda, debajo del saco, para que sostuviera el arma en una posición verosímil.
Bordigoni hacía reír, pero se lo tomaba en serio. En los años del café concert –fines de los 60, principios de los 70– ideó farsas como Drácula, en la que satirizó la novela de Bram Stoker, incursionó luego en la técnica del teatro negro de Praga mediante las cuales cual puso en escena libros de su autoría como Historia de un boxeador, reeditó con una nueva camada de actores locales las viejas obras costumbristas que habían actuado sus antecesores, viajó por el país, estudió con destacados maestros y fue vinculándose con colegas a los que después, en la década del 90, convocó para hacer realidad los recordados encuentros y festivales anuales de teatro callejero que durante toda una jornada mostraban a lo largo del bulevar América, la avenida Libertad y en distintos escenarios y espacios públicos de la ciudad, sin excluir los barrios, la más amplia gama de manifestaciones del arte popular.
Desaparecidos Perico y después su padre, a Abel le tocó asumir la conducción del Elenco Aguilera-Bordigoni y desde ese lugar sumar a la rutina teatral el funcionamiento de la Escuela de Circo Criollo del Club Trebolense, en la que formó a nuevos actores, entre ellos sus hijos Ulises y Leonardo, en las artes del entretenimiento y las habilidades como el trapecio, la mímica, la soga indiana, las contorsiones, el malabarismo y, claro, el desempeño actoral sobre las tablas.
Su muerte prematura, el 25 de septiembre de 2001, impidió saber hasta dónde hubiera llegado con su dedicación e ingenio, pero las huella que dejó aún no pudo ser igualada por nadie.
Su sepelio, con un cortejo de payasos tristes, con estandartes y banderas y con actores sobre zancos con sus ropajes al viento, quedó grabado en las retinas de quienes asistieron a este último acto y en las fotos que testimonian la caída del telón sobre una etapa sobresaliente del teatro en El Trébol.
Próximamente la entrevista completa realizada en F.M. del Sol 98.9 en el año 2001









