José Simeón Felipe «Pepiche» Guzmán, maestro rural, vocación y entrega

sábado 23 mayo 2026

Por Ruben Adalberto

La «Maestra Caracol» con sus alumnos en el norte santafesino, donde ejerció «Pepiche» Guzmán.

El 9 de noviembre se conmemoró el Día de las Maestras y los Maestros Rurales, instituido en recuerdo de Ángela Peralta Pino, nacida en esa fecha. La «Maestra Caracol», como se la conocía, recorrió entre 1940 y 1962 el norte de Santa Fe con la escuela rodante 942, ejerciendo la tarea docente en recónditos parajes a bordo de un vagón de ferrocarril adaptado para transitar los escabrosos caminos del Chaco santafesino.

El Trébol también tuvo y tiene docentes que ejercen su tarea en escuelas en lugares remotos del país y también en las pocas escuelas rurales del distrito y de localidades vecinas. Pero hubo uno, José Simeón Felipe Guzmán, a quien familiarmente apodaban Pepiche y sus amigos también llamaban Cariche, que se entregó con pasión a la enseñanza en lugares similares a los que recorrió la Maestra Caracol y murió tempranamente cuando dedicaba sus días no sólo a alfabetizar e impartir nociones de matemática, historia y geografía sino desempeñándose también como enfermero de emergencias, promoviendo el deporte y tendiendo una mano solidaria a cualquiera que la necesitara.

De El Trébol a Villa Ana

Pepiche, hijo de Pascual Guzmán y María Sbracini, nació en El Trébol el 3 de septiembre de 1941.

Recibido como maestro, fue asignado a la escuela rural Nº 663 de Campo Ittig para cumplir una suplencia en ese establecimiento completamente aislado en medio del Chaco santafesino, a quince kilómetros del paraje La Reserva, en el distrito de Villa Ana, departamento General Obligado, adonde se llegaba por una huella que sólo se transitaba a caballo o en carros.

Allí llegó en marzo de 1962 y se abocó de inmediato a mejorar el rancho donde se dictaban las clases y a recorrer los parajes próximos para convocar y reunir al alumnado.

Mientras cumplía su comisión fue llamado a prestar servicios en la escuela rural Nº 556 de Villa Ana, también como reemplazante, y cuando se reintegró el docente titular volvió a la 663, escondida en medio del monte.

La escuela estaba ubicada en tierras de los hermanos Massat, quienes le facilitaron un altillo de la casa del casco de la estancia para que lo usara como vivienda.

En ese lugar falleció repentinamente, víctima de una embolia pulmonar, el 22 de abril de 1963. Los dueños del lugar donde vivía trajeron su cuerpo a El Trébol, el velatorio se realizó en la casa de su tío José Sbracini y el infortunado maestro fue sepultado junto a su madre, fallecida tres años antes.

Días después Pascual, su padre, viajó al norte acompañado por Luis Rigali y Romildo Luis (el Chon) Zaffalón, un vecino de la cuadra y compañero de juegos de Pepiche cuando eran niños, para recoger sus escasas pertenencias.

Los rumores que corrieron en el pueblo sobre la causa de la muerte –se llegó a decir que José había sido apuñalado por un marido celoso o en una pelea de boliche– se disiparon cuando unos días después, en presencia de su tío José, el cadáver de Pepiche fue exhumado por forenses llegados desde la capital de la provincia que confirmaron el diagnóstico oficial.

Homenaje

Muchos años después, en mayo de 1983, Julia Elena Burguener de Castañeda, directora de la Escuela N2 512 del paraje Las Claritas, pidió al Ministerio de Educación de la provincia la inclusión en el boletín ministerial de un poema que escribiera en 1963 tras la muerte del admirado colega que «como tantos otros –decía en su petición– se internó en los campos de nuestro norte santafesino para cumplir con el destino que su vocación le inspiró y dar a manos llenas su amor, su juventud, su humildad y su saber» y morir «como un soldado en su lugar».

La burocracia administrativa impidió la concreción de este homenaje con argumentos banales, pero a poco de haberse conmemorado el Día de la Maestra y el Maestro Rural, vale dar a conocer lo que ella, en su inspiración, denominó «Coplas negras».

Está cerrada la escuela.

Al tranco en sus pingos lerdos

vuelven los niños a casa

porque no ha estado el maestro.

Son las diez de la mañana

y no ha llegado a su puesto.

Cosa extraña para todos

que vuelvan los niños, lentos.

¡Ah, destino del que lucha!…

Jamás se le ha visto enfermo.

Tiene apenas 20 años

y lleno de amor el pecho.

Y en el alma… Vaya uno

a adivinar lo que es cierto:

hecha jirón de amargura

o hecha tizón del esfuerzo

la habrá quemado en la fragua

del misionero maestro.

Nunca ha pensado en sí mismo

desterrado en este infierno.

Es un heroico soldado

haciendo patria de nuevo.

Y en un altillo de estancia,

en la dureza del monte,

durmiendo un extraño sueño

se había quedado el maestro.

Nadie lo sabe y esperan

que vuelva a cruzar de nuevo

por ese camino angosto

que va entre el monte corriendo.

Sólo sus niños que vuelven

al tranco en los pingos lerdos

con banderas que se agitan,

campanas tocando a duelo.

Los crespones de la tarde

cuentan la desgracia al viento

y va galopando leguas

la verdad de ese silencio.

Ya no hay dudas para nadie,

destejió el viento el misterio.

Más que tristes y amargados

corren y corren a verlo.

Corren los niños, las madres,

amigos, a socorrerlo.

Los empuja la certeza

de que no puede haber muerto.

Pero el maestro ha caído

como una estrella del cielo

dejando estelas de luces

para alumbrar el recuerdo.