Por Ruben Adalberto Pron

Contrariamente a lo que ocurre en otros países donde la evocación de los muertos tiene un carácter festivo, como por ejemplo ocurre en México, en Bolivia y hasta en algunas provincias argentinas, entre nosotros el Día de los Fieles Difuntos se manifiesta con congoja, dolor y pesadumbre en que no sólo se los recuerda con tristeza sino que se reza por ellos para que sus almas o sus espíritus, como se lo quiera ver, descansen en paz, en la eternidad y en la gloria de Dios para los creyentes, y premiados por el buen comportamiento que pudieron haber tenido en vida.
Esa caracterización, sin cambiar de sentido, ha ido variando para acomodarse a los tiempos que corren y ya no se ven esas concurrencias numerosas en los cementerios transitando por las veredas y senderos entre los sepulcros, con los deudos reunidos rezando frente a los panteones familiares, las bóvedas, los nichos o las sepulturas en tierra de las que en la necrópolis de El Trébol quedan apenas un puñado.
Hasta que la localidad tuvo autoridades comunales no poseyó un sitio determinado donde enterrar a los difuntos. Cada uno de los loteos originales –El Trébol, Tais y Passo– tenía asignado un predio destinado a cementerio, tal como lo exigía la ley provincial de Colonización como condición para aprobar los respectivos proyectos fundacionales, pero nunca se habían habilitado. Según la tradición, los difuntos eran trasladados a pueblos ya organizados o sepultados en terrenos destinados a tal fin en las estancias, la colonia Piamonte –que era toda rural, sin núcleo urbano hasta que se habilitó la estación del ramal ferroviario Las Rosas-Villa del Rosario en 1913– o en terrenos particulares donde estaba asentada la familia del fallecido. En la última manzana del pueblo Passo, al noroeste de la ruta 13, Hugo Córdoba me indicó años atrás dónde estaba enterrado su abuelo, al pie de un árbol antiguo, envuelto en un cuero vacuno a falta de féretro.
En 1894, creada la Comisión de Fomento y designadas sus autoridades, que asumieron el 5 de mayo, una de sus primeras resoluciones fue habilitar un cementerio común a los tres loteos originales. Para ello convocó a Enrique Miles, en representación del pueblo Passo; a José Tais, quien había loteado el pueblo que llevaba su nombre en torno a la estación ferroviaria, y a Santiago Rossini, agente local de la Compañía Argentina de Tierras e Inversiones que vendía los terrenos del pueblo El Trébol, desde la calle Río Negro hacia el sudoeste, para que acordaran dónde se construiría el cementerio común.
El pueblo Passo había destinado para eso a la última manzana hacia el norte en el sector este de ese loteo (utilizada actualmente como depósito de residuos de poda), y el pueblo Tais lo tenía previsto sobre la calle Colón entre Martín Fierro (ahora Arturo Tibaldo) y Montevideo, pero finalmente los convocados resolvieron que el lugar más adecuado era donde lo tenía dispuesto el loteo El Trébol, o sea en la ubicación actual.
La construcción se inició de inmediato, en 1896 se designó al primer sepulturero –Casimiro Vega– y ese mismo año se asignó un presupuesto de 135 pesos para construir el muro perimetral. Algunos cadáveres que ya habían sido sepultados fuera del recinto fueron exhumados y reubicados en su interior.
En 1938, para ordenar el predio se decidió construir la vereda central y la transversal que se interceptan en la cruz mayor, y para ello fue preciso remover las tumbas que existían hacia la calle Sancti Spiritus de modo de liberar la traza para la continuidad de la calle central.
Los entierros

Ante cada deceso, luego del velatorio en el domicilio del difunto, las honras fúnebres se cumplían en la primera iglesia del pueblo, erigida en la calle Santa Fe entre bulevar América y la calle Juan Francisco Seguí, y el cortejo fúnebre se dirigía luego hacia el cementerio encabezado por el carruaje que transportaba el féretro.
Algunos entierros fueron memorables por la cantidad de asistentes, como el de José Grazioli, primer presidente de la Sociedad Italiana, asesinado la última noche de Carnaval de 1897. Según las crónicas de la época, el cortejo era de tal extensión «que no se cortaba desde la iglesia hasta el cementerio».
Hasta donde se sabe, la primera empresa de servicios fúnebres fue la de Ángel Oldani, fundada en 1907, que posteriormente pasó a manos de la firma Mazzini Hermanos y finalmente a la Cooperativa de Agua Potable y Otros Servicios Públicos.
Desde hace algunas décadas también brinda este servicio la empresa Franco, que instaló la primera sala mortuoria de la ciudad donde realizar los velatorios.
El Día de los Muertos
El “Día de los Muertos”, como popularmente se designa a la conmemoración de los Fieles Difuntos que sigue al Día de Todos los Santos en la liturgia católica, acontece el 2 de noviembre.
En el pasado, esta fecha daba lugar a una gran concentración de personas en el cementerio local. Todos los vecinos tenían a alguien sepultado allí y ello provocaba una movilización en masa de todas las familias, algunas de las cuales permanecían en el lugar todo el día.

El terreno que ahora ocupan los nichos de la Cooperativa de Agua Potable y el club Trebolense era donde se dejaban estacionados los coches, sulkys y vehículos similares en que iban llegando los deudos, y en el mismo lugar se instalaban carpas con puestos en los que se vendían flores y se expendían bebidas para los adultos y helados y golosinas para los más pequeños.
Las familias se reunían frente al sepulcro de sus difuntos y allí rezaban el Rosario y depositaban sus ofrendas.
La conmemoración servía también como ocasión para el intercambio social ya que los concurrentes recorrían todo el cementerio saludando a conocidos y parientes a los que, en algunos casos, por vivir alejados o en otros pueblos y ciudades, veían sólo una vez al año, precisamente en este día.
Las rezadoras
Hasta la década de 1960, solía verse actuar en los cementerios –y en el de El Trébol también– a las rezadoras, llamadas igualmente «plañideras», mujeres que eran contratadas para orar por la salvación del alma de los difuntos.
Estas mujeres no sólo rezaban frente a las tumbas, sino que solían llorar lastimeramente al tiempo que oraban, asumiendo el dolor de todos los circunstantes.
Concluido su acto recibían el dinero acordado por su asistencia y se dirigían a repetir su oficio a otro sepulcro donde la estuvieran esperando.
Vestidas enteramente de negro, cumplían su tarea con dignidad profesional y como tales eran reconocidas en el pueblo por quienes recurrían a sus servicios.
El Día de Difuntos hoy
Tras haber sido retirado del calendario de feriados, el Día de los Muertos ya no es en el presente la celebración multitudinaria que supo ser en el pasado. El homenaje a los difuntos se reparte hoy entre esta fecha litúrgica con el Día de la Madre, el del Padre y otras conmemoraciones similares.
La práctica de la cremación que en muchos casos reemplaza en estos tiempos a la inhumación tradicional, también resta concurrencia a los cementerios cuando las cenizas del fallecido se guardan en otro lado o se esparcen donde él lo hubiera pedido.
No obstante, la conmemoración no deja de ser un día convocante para evocar a los seres queridos que han partido, un momento para reflexionar sobre la finitud de la existencia, pero también sobre la trascendencia de la vida.

Una composición atribuida al poeta montevideano Francisco Esteban Acuña de Figueroa (1790-1862), autor de los himnos nacionales de Paraguay y Uruguay, refiere a estos temas. Suele hallarse esculpida en placas de mármol en el ingreso a los cementerios como el de El Trébol y otras localidades de la región y de otros países y en su primera parte dice así:
Tú que ciego en el placer
cierras del alma los ojos.
contempla en estos despojos
lo que eres y has de ser.
Ven a este sitio a aprender
del hombre la duración;
que en esta triste mansión
de desengaño y consejo,
cada tumba es espejo
y cada epitafio, lección.









